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Archivo de notas y textos publicados por Emanuel Rodríguez.

Posts tagged Comentarios

Apr 4

Ser un poco más normal

Como si las grietas entre la realidad y la percepción de la realidad fueran demasiado evidentes y al mismo tiempo misteriosas, como si una vida no pudiera resumirse en un párrafo y al mismo tiempo fuera ese resumen lo único que podemos hacer con ella. De ese modo delicadamente ambiguo avanzan los relatos de Mi vida querida, la generosa colección de cuentos con la que Alice Munro podría despedirse de la escritura según sugirió en una entrevista para The New Yorker en 2012: “Dejo de escribir a menudo, por alguna extraña noción de querer ser un poco más normal, vivir más relajada. Pero después se me vienen algunas ideas insistentes.Pero ahora creo que es real, que ya no podré escribir: tengo 81 años, me olvido algunos nombres…”. 

Escribir parece en la obra de Alice Munro un modo impetuoso de enfrentar la vida. La “querida vida” según los relatos semi autobiográficos que cierran este libro y que demuestran el soberbio dominio de las técnicas que llevaron a Alice Munro a la celebridad: su capacidad de condensar el destino de una vida en una serie de momentos significativos, un resumen de cómo la vida avanza de a pequeños, sutiles cambios, de cómo la gente se aferra o se deja ir, se adapta o se rebela, de acuerdo a una mecánica que disiente de las generales de la ley, una forma más verosímil que la sorpresa trágica, de una consistencia perturbadora y simultáneamente cautivante. 

Munro construye sus relatos con algunas recurrencias: casi nunca sabemos el asunto del cuento hasta que estamos un poco más allá de la mitad, y por alguna razón percibimos que, aunque lo acabamos de descubrir, el cuento nunca habló de otra cosa. Pequeñas coincidencias, giros de apariencia insólita en las biografías de los personajes, la rigurosidad de la muerte, la rigurosidad, también, de las ansiedades vitales: de un modo subterráneo todos esos elementos configuran las raíces de lo que leemos, su forma de planta perfecta e inabarcable. 

Siempre da la impresión de que falta algo para describir los cuentos de Munro. Probablemente se deba a que sus marcas de autor son sutiles y muchas veces consisten en desaparecer, incluso cuando habla de sí misma. Su motivo más frecuente, que consiste en las formas particulares e indescifrables que cada persona encuentra o construye para lidiar con la ausencia -por muerte o por viaje, por decisión o por imposición, por enfermedad, pero ausencia al fin- , quizá también imponga un modo de escritura ligeramente ausente, una manera de imprimir marcas de autor más reservadas, una variedad de perfil bajo que la ubica en un punto poco frecuente del mapa literario contemporáneo, lejos de las literaturas del yo (a pesar de sus experimentos autobiográficos, ¿cómo es eso posible?). Es como si Munro lograra retener siempre algo, una serie de datos vulgares que nunca suelta y que le dan a su prosa una gracia íntima pero no chismosa, una cordialidad que la vuelve amable e irresistible. Lo curioso, entre otras cosas, es que esa retención es generosa, es lo opuesto de la avaricia, aunque suene paradójico, y quizá funciona tan bien justamente porque es paradójico. 

Mi vida querida comienza con un relato acerca de la culpa maternal, un extraordinario ejemplo de tensión narrativa en torno de una anécdota de viaje que incluye una mirada divertidamente devastadora acerca de los ambientes literarios: en una cena de escritores, una mujer recuerda que en las reuniones entre colegas de su marido (que no es escritor) la gente tiene puesta la seguridad personal en otras cosas y las conversaciones son amables y más o menos divertidas. Entre escritores, o sea entre gente que tiene la seguridad personal puesta en el ego, la cosa se complica. Luego viene un relato sobre una profesora en un hospital de tuberculosos. Casi siempre el contexto es el frío canadiense y los cambios en el entramado social que produjo la Segunda Guerra Mundial. La información al respecto es escasa, funciona como un sobreentendido. Los personajes se las arreglan para resolver los problemas de la soledad y la muerte, y asisten a momentos de alteraciones imperceptibles, encadenamientos implacables de hechos que podrían haber sido de otra manera pero ocurrieron así y así sobrevienen sobre la pequeña dignidad que les pueda quedar, sobre el deseo superviviente, sobre el resguardo de una memoria familiar, sobre la ansiedad de rebeldía. 

La velocidad crucero de los relatos es llamativa, hay pocas descripciones y de algún modo la acción siempre avanza como por un principio de inevitabilidad: pasan cosas porque no hay modo de que no pase nada, porque así están dadas las cosas y porque el statu quo es una ficción perversa. Luego, hay momentos de intensa aceleración marcados no por acumulación de eventos sino por remolinos de reflexión, de preguntas, de cavilaciones en torno de los efectos que tienen los actos de uno sobre la vida de los otros, o viceversa. Esa situación, también paradójica, termina de configurar otro de los aspectos extraordinarios y originales de la literatura de Munro, capaz de hacer universales el frío del ártico, los caminos rurales de Ontario y el saludo cotidiano de la persona a la que amamos. 

Publicado en Ciudad X, La Voz del Interior, el jueves 4 de abril de 2013. 


Mar 9

Combatiendo al capital

En “El cuaderno de Bento”, John Berger articula reflexiones en torno del arte y la filosofía de Baruch Spinoza con opiniones y sentencias sobre el mundo actual. 

Un par de década atrás John Berger escribió: “La pobreza en nuestro siglo no es, como la pobreza del pasado, el resultado de una escasez natural, sino el resultado de una serie de prioridades impuestas sobre el resto del mundo por parte de los ricos. En consecuencia, los pobres modernos no son tratados con piedad sino descartados como basura”. Es un párrafo poderoso que nos recuerda que la trayectoria de John Berger ha estado siempre ligada a la reflexión en torno de la pobreza y la marginación. Incluso en El cuaderno de Bento, esa política humanista y marxista es el eje al que siempre vuelve en sus reflexiones en torno del acto de dibujar y en torno de la filosofía de Baruch (o Benito,  o Bento) Spinoza. 

La historia de un cuaderno de dibujos del filósofo holandés, extraviado o desaparecido, es el punto de partida de un libro de escritos por momentos ensayísticos, por momentos narrativos, encantadoramente sensibles. Berger demuestra una capacidad admirable para unir un pensamiento delirante y cariñoso con una tradición de disidencia y rebeldía: si el recorrido parece un laberinto caprichoso por párrafos espinoceanos, anécdotas personales e historias de algunos dibujos, el hilo de Ariadna de John Berger es siempre una afirmación de la dignidad del más débil frente las fuerzas que lo oprimen: el capitalismo y la muerte. O el capitalismo como forma de la muerte. 

En el comienzo del libro hay una anécdota: Berger cuenta que se toma su tiempo para dibujar unas flores. Explica el paso a paso con la delicadeza de quien observa una función de nado sincronizado en cámara lenta. Cuenta que el dibujo casi no tendrá testigos: es una ofrenda para una mujer que acaba de morir y el dibujo irá, enrollado, dentro del ataúd. Hay una reflexión sobre la vida de esa mujer, campesina como Berger. El autor se observa a sí mismo dibujando y concluye: “Quienes dibujamos no sólo dibujamos a fin de hacer algo visible para los demás, sino también para acompañar a algo invisible hacia su destino insondable”. 

Es una metafísica romántica, sí. Una manera de pensar que es posible vencer a la muerte. O al capitalismo. O a la muerte como forma de capitalismo. Más adelante reflexiona sobre otros dibujos: “Puede que ninguno de los cuatro sea un dibujo propiamente dicho, sino sencillamente esquemas cartográficos de un encuentro. Mapas que podrían impedir o hacer menos posible perderse. Una cuestión de esperanza”. 

El cuaderno de Bento es un libro sobre cómo arriesgarse. O un ejemplo de cómo hacerlo. Traer a Spinoza a este tiempo le ayuda al escritor inglés a, nuevamente, lograr una definición rebelde de nuestro tiempo: 

“Lo que distingue a la tiranía global actual es que no tiene rostro. No hay Führer ni Stalin ni Cortés. Su manera de funcionar varia de un continente a otro, y la historia local modifica sus modos, pero sus pautas generales son las mismas, una pauta de comportamiento circular. La división entre los pobres y los relativamente ricos se transforma en un abismo. Se echan por tierra las limitaciones y recomendaciones tradicionales. El consumismo consume toda capacidad de cuestionamiento. El pasado se hace obsoleto. En consecuencia, la gente pierde su personalidad, su identidad, y entonces han de buscar y encontrar un enemigo a fin de definirse. El enemigo siempre se encuentra entre los más pobres”. 

Si bien cada libro de Berger (G., De A para X, Aquí nos vemos, Fotocopias) parece fuera de serie, entre ellos el punto en común es un rescate apasionado de la fraternidad como modo de resistencia política: Berger propone otros modos de ver, otras maneras -más amistosas, amorosas, igualitarias- de enfoncar el mundo. En esa lucha que lleva adelante desde su rancho en los alpes franceses, Berger suma a Spinoza a su ejército idealista: un filósofo que en el siglo XVII se opuso a la división cartesiana entre el cuerpo y el espíritu y que aporta, para enfrentarse al siglo 21, la posibilidad de pensar una esperanza. 

El cuaderno de Bento

Por John Berger 

Alfaguara, 2012. 

178 páginas 

Precio: $99. 

Publicado en Ciudad X, La Voz del Interior, el 10 de enero de 2013. 


May 5

La incurabilidad de la melancolía

No existe una cura para la melancolía. Uno puede esperar a que pase, u optar por la estrategia de Alejandro Dolina: explorarla, regodearse con elegancia en sus profundidades. Cartas marcadas es la primera novela de Dolina, el menos ambicioso de sus libros y el mejor de su producción literaria, el destilado de una estética que supo ser barroca, sentimentalista y marechaliana en las Crónicas del Ángel Gris y que ahora aparece como un perfeccionamiento, una apuesta más sutil y al mismo tiempo más violenta y sexual. Es como si la quimera del hombre sensible hubiera pasado ya por el conflicto del choque con el mundo real y éste narrador resultante se hubiera “endurecido”, o tuviera una visión mucho menos amable del mundo.

No faltan las reflexiones sobre el desamor y las causas perdidas, ni la mitología barrial enfocada en Flores, ni los inefables Manuel Mandeb, el ruso Salzman, el músico Ives Castagnino y el poeta Jorge Allen, recurrentes temas y personajes de las Crónicas…El libro del fantasma y El bar del infierno. Pero hay otro Dolina en esta novela que comienza como si se tratara de una literatura experimental por su recurso de acumulación de anécdotas aparentemente desligadas entre sí, pero que, a medida que avanzan los capítulos -108, dispuestos como si se tratara de dos mazos de naipes de baraja francesa, con comodines incluidos- revelan los hilos secretos, muchas veces violentos, que las unen. O que no las unen, también.

Su estrategia narrativa es el caos porque ese parece ser un mensaje, si lo hay o si importa, de la novela: la niebla y los asesinos seriales que la pueblan son el símbolo de un mundo en el que la moral ha sido desmentida y en el que las ideas de que los malos reciben tarde o temprano su castigo, o que la nobleza de ciertos sentimientos requiere necesariamente una respuesta o un cierre a la altura de las circunstancias, se han hecho trizas contra las veredas del barrio de Flores.

La incurabilidad de esas heridas, el ejercicio de un sexo no siempre alegre como conjuro y la vanagloria de la derrota son los cimientos de ese pesimismo encantador que encuentra en un cabaret de la calle Artigas su escenario predilecto, su indecencia rebelde.

Hay un goce triste en la lectura de Cartas marcadas, una paradoja en la que residen tanto su filosofía de la decepción como la modesta genialidad de las leyendas.

Cartas marcadas
Por Alejandro Dolina
Planeta, 2012.
Precio: $98.

Sinopsis: Una novela del neblinoso barrio de Flores, en la que se intercalan “capítulos falsos” y un mítico “libro de Razziel” de acuerdo a una mecánica caótica, como si fueran cartas mezcladas. El epicentro narrativo es un cabaret y las historias de los personajes que lo habitan.


Apr 25

Una filosofía de la imaginación

Comentario de la novela Balada de Marcelo Cohen.

Hasta que algún cronodión cercano te cante la hora y la temperatura, es probable que la lectura deBalada te conecte de un modo tan intenso con el mundo que los demás pueden pensar que estás completamente desconectado: la fascinación que provoca el Delta Panorámico de Marcelo Cohen alcanza en esta historia de amor la dimensión de un embrujamiento, algo que por efecto de la distorsión contra-utópica de la realidad logra cierta épica más allá del argumento, una pequeña y gloriosa transformación de lo que ningún asesor terapéutico se negaría a decir que es el mundo real.

Ese tutilimundi condensado y reinventado, que en la literatura de Cohen viene funcionando como parangón de un cruce de géneros entre el fantástico y el realismo, es en Balada el territorio de una aventura romántica ligeramente bohemia entre un psicólogo y su ex novia, en busca de una mujer enigmática. La trama avanza entre frases perfectas, con un tono de comedia y un ritmo acelerado y demorado por la invención de un léxico a un mismo tiempo delirante y atinado, consecuencia natural de un mundo que es el reflejo deformado -a veces por una luz oscura, otras veces por una luz clara- de otro mundo cuya propia deformidad queda siempre, por contraste y analogía, en divertida evidencia.

El obsesivo cuidado con el que cada frase cimienta esa maravilla provoca un deleite, un cierto gozo poco frecuente, como si Cohen lograra en el lector la liberación de endorfinas análogas a las que provoca el amor de las mujeres bribonas, las reinas de las fiestas -embobamiento y éxtasis incluido-. Un sentido del humor compasivo termina de delinear el principio activo del Delta, obra de un demiurgo con la capacidad de disfrazar su potencia creadora bajo el aspecto de la declaración alucinada de un testigo privilegiado y puntilloso.

Menos errante que las deliciosas y oscuras Donde yo no estabaCasa de Ottro, la narración en Balada parece más atenta al devenir de la anécdota, aunque no se priva, para gracia de los seguidores de Cohen, de las indagaciones espirituales ni del habitual y festivo delinear de una filosofía de la imaginación. El experimento descomunal de Marcelo Cohen demuestra la potencia del arte como exasperación y trastorno de los mundos posibles, y de la lectura como encantamiento y agitación, como algo que nos impide, amorosamente, quedarnos quietos.

Balada
Por Marcelo Cohen.
Alfaguara, 2011. 
136 páginas. 

Precio: $69.


Mar 1

Canción de cuna para un viejo

Me voy a casa, dice Leonard Cohen en la primera canción de Old Ideas, en una carta zen en la que se desdobla para hablar de su ser anterior, de aquel “perezoso bastardo” que vivía de traje y quería escribir canciones de amor, himnos de perdón y manuales para vivir con el fracaso. El nuevo y al mismo tiempo viejo Leonard parece estar por encima de aquel, mirarlo desde una altura espiritual que le permite cierta compasión.

En esa distancia entre el que admite estar casi despidiéndose del mundo, o al menos estar necesitando una buena siesta, y el Leonard que produjo obras maestras de la literatura y el folk norteamericanos, crecen las canciones de este disco tranquilo y emocionante, con la sensualidad habitual en Cohen y su genio literario enriquecido por la experiencia budista.

Me voy a casa, dice Leonard Cohen, y propone para su despedida el registro de un corazón más allá de la derrota, un corazón que parece haber curado sus heridas y sus excesos en paz. Un corazón que sigue capaz de enamorar, claro. Aunque dé la impresión de que está un poco más allá de todo.

El segundo tema, Amén, continúa esa sublimación religiosa del amor terrenal que él había iniciado en su canción más célebre, Alelujah. Cohen pervierte los fundamentos del pensamiento religioso para expresar con esas herramientas la profundidad de una emoción menos mística entre humanos.

Hay una épica de curación en las letras, que cantadas con esa voz áspera suenan ligeramente cínicas por momentos, como si fueran parte de una broma encantadora: no lo son, Cohen pasó cuatro años en un templo Zen antes de componer estas canciones. “Estoy viejo y los espejos no mienten”, dice en Crazy to love you, “pero la locura tiene lugares donde esconderse, que son más profundos que cualquier adiós”.

En Come healing, Cohen enumera las partes de su viejo ser que han sido o están siendo “curadas”: la mente, el cuerpo, la razón, el corazón, el espíritu. Sus canciones son consuelos frente a la oscuridad, maneras sensuales de buscar una luz. Es que aun septuagenario, Leonard es terriblemente sexy. Su arrullo de donjuán prescinde de mayores arreglos, la música que lo acompaña jamás eclipsa su recitado grave y rasposo.

Apenas, de vez en cuando, algún coro de mujeres sutiles, o instrumentos que no compiten con el protagonismo de la voz de un hombre nuevo que se sabe viejo, un hombre que vuelve a casa después de haber aprendido algo.

Publicado en La Voz del interior, el 28 de febrero de 2012


Jan 27

Canción de vagabunda


Célebre por su particular alquimia entre cálculo y riesgo, Jean Echenoz es uno de los grandes maestros de la literatura contemporánea, un autor cuya rigurosa búsqueda del sonido perfecto en el relato y su foco en el comportamiento, en las acciones de los personajes -en desmedro de cualquier interpretación psicológica por ejemplo- han culminado en libros de belleza exhuberante, rara para los tiempos que corren. 

Un año es un pequeño relato en el que da la impresión de que Echenoz siguiera con una cámara, durante 365 días, el devenir de una chica que una mañana se despierta al lado de su pareja muerta y decide, sin más, escaparse. Aunque no se sospeche de ella, aunque ella no recuerde exactamente qué pasó, escapa, saca plata del banco y se toma un tren. Por azar llega a la playa, y comienza un proceso de abandono hacia el vagabundeo. Su dejadez es irritante, pero Echenoz tiene un manejo del tono que hace que el lector no se preocupe tanto por la verosimilitud de esa no-acción. Las cosas simplemente van pasando. 

La prosa es acumulativa, los tiempos verbales se superponen, y aún así la narración mantiene un ritmo seductor, como de canción o de película en la que nunca dejan de pasar cosas. 

La traducción al español porteño de Damián Tabarovsky es un tema, instala una pregunta sobre la pertinencia de los modismos generacionales. Por un lado es un gusto sorpresivo el uso del voseo -cuando aparecen los verbos conjugados en segunda persona usando la quinta inflexión modificada característica de la Argentina (amás, estás…)-, pero por otro hay ciertos modos de ordenar la oración que rompen ese registro coloquial. En todo caso,  el resultado es una traducción tan arriesgada como la escritura de Jean Echenoz. 

La nouvelle avanza y Victoire se va convirtiendo en una linyera, de vez en cuando ladrona, en un recorrido interrumpido por algunas apariciones vinculadas a su vida anterior que le dan un aire ligeramente surrealista al relato, ¿desmentido? luego, en un giro final tragicómico. 

Es un relato provocador y perturbador, que se lee rápido pero deja una huella, algo como un sonido o una música, una voz que dice que todo -la literatura, la voda- podría en cualquier momento simplemente dejar de estar bien. 

 

Un año

Por Jean Echenoz.

Mardulce, 2011.

80 páginas. 

Precio: $45.


May 20

La intimidad de la anécdota

El habla, la miseria, la superposición casual de problemas y las mínimas grietas de felicidad del hombre común son la materia habitual de la literatura de Sergio Gaiteri, el recatado vanguardista -en el sentido de que va adelante- de ese universo de entusiasmos en expansión que es la nueva narrativa cordobesa.

Es un autor con una estética definida: si hay sorpresas en sus nuevos libros esas sorpresas no aparecerá en las formas -simples y funcionales a la anécdota-, ni en el tono ligeramente coloquial, ni en el foco en determinados giros lingüísticos que, acentuados gracias al uso de letras cursivas, encierran algo que multiplica su potencia semántica. La novedad, lo que puede tomar por sorpresa al lector, es la historia, la forma en la que se resolverá ese clima de inminencia constante que el autor maneja con la comodidad de los maestros. 
Siempre hay algo que está a punto de pasar. Algo no demasiado espectacular, algo que no podría nunca entrar en el catálogo de los golpes de efecto o las estrategias de impacto más frecuentes en sus colegas, realistas o no. Algo mínimo pero terrible. 
La moza es un poco así y sirve como estímulo para ir a buscar más: son apenas 65 páginas de un cuento no tan largo como atrapante por la capacidad de Gaiteri para construir una casa con pocos materiales, una casa hecha de la concurrencia de pequeñas historias de aspecto cotidiano, terrenal: un engaño amoroso, un divorcio, un hijo rebelde, un casamiento, una moza. 
Hay que disfrutar del poder de observación de Gaiteri, que no es irónico ni cínico y aún así puede provocar cierta hilaridad. Su mirada es profunda y piadosa, ninguno de sus personajes ocupa el foco del relato el tiempo suficiente como para humillarlo, y la atención está puesta en otra cosa, en los hilos no tan invisibles, en casualidades que podrían tomar la apariencia de jugadas crueles del destino pero que, como una consecuencia lógica del programa estético del autor, de esa intención permanente de contar algo con los pies en la tierra, no caen en la tentación del símbolo ni de la metáfora. Es la intimidad de una anécdota: como si pudiéramos radiografiar una buena historia y ver sus huesos y cartílagos, la manera en la que cada parte se conecta con la otra, como personas que se casan y se separan, que cuidan a sus hijos, que se enamoran de las mozas.

La moza, por Sergio Gaiteri
Eduvim, 2010
65 páginas.


Mar 25

Otro mundo. Sobre 1Q84.

Escrita para fans, esta nueva novela de Murakami sufre de un exceso de amor propio del autor pero propone una aventura fascinante si se le tiene paciencia. Se trata de un escritor que ha construido su estilo sobre la base de un repetición de estrategias: historias paralelas que demoran un libro entero en cruzarse, conflictos que no se resuelven, intensificación extrema de la sugerencia, altísima presencia de gatos, interpolación de mundos reales e imaginarios (a veces insinuando una metáfora sobre el entrecruzamiento de mundos occidentales y orientales) un grave peso de la infancia y la fantasía sobre la constitución de los personajes, citas musicales clásicas y contemporáneas, y algún que otro personaje humilde con asombrosa sabiduría. Todo eso está en 1Q84, repetido como si fuera un disco de hits.
El autor lo sabe, y un poco del encanto que tiene esta novela reside en una pequeña grieta que él mismo abre para reírse de sus clichés (uno de los capítulos se llama “ya va siendo hora de que aparezcan los gatos”). El problema es la ambición de este compilado: un experimento narrativo que exige demasiado aguante hasta que el caos toma alguna forma más o menos seductora.
Es una novela de amor: Aomame y Tengo son los protagonistas, y viven en el año 1984. Por un prodigio de la empresa de mundos paralelos Murakami, ese año es también 1Q84 en un mundo muy parecido al nuestro pero con ligeras alteraciones. No hay guerra fría, por ejemplo. Aomame y Tengo se conocieron en la infancia y nunca más volvieron a verse. Se aman irremediablemente. Ella es instructora en un gimnasio y asesina a sueldo. Él es escritor y está corrigiendo una novela que viene a ser ese otro mundo.
Desde siempre Murakami insiste en esta idea de ficción: la historia es mucho más que la realidad. De esa tesis se desprende que la anécdota no siempre siga cursos “normales”. Otra consecuencia directa es que los personajes nunca son sólo sus biografías reales: una personalidad es el resultado de lo que pasa adentro y afuera de su cabeza. Y adentro de la cabeza las reglas son diferentes.
Es una novela acerca del miedo: Aomame no tiene miedo a morir (lo repite varias veces) como sí le teme a la idea de seguir viviendo: “A lo que más miedo le tengo es a mí misma. A no saber qué es lo que voy a hacer. No saber qué estoy haciendo en un momento dado”, dice. Y más adelante: “Lo que me da miedo es que la realidad me engañe. Que la realidad me abandone”. Tengo tiene un miedo parecido, que es su motor de escritura: “Cuando escribo sustituyo mediante las palabras la realidad que me rodea por algo que encuentro más natural. Es decir, reconstruyo. De ese modo confirmo que existo, sin duda, en este mundo”.
Hay un bastante obvio juego de reflejos con 1984, de George Orwell. No es una novela futurista, sino ubicada en el pasado reciente. En lugar de un dictador vigilante y omnipotente hay una especie de corporación, Little People, que se esconde y que opera de manera oscura y misteriosa. Y también es orwelliana la aproximación política al tema del miedo. Le dicen a Aomame: “Los perpetradores pueden racionalizar sus actos aduciendo cualquier motivo que les convenga y olvidarse después. Pueden apartar la vista de aquello que no quieren ver. Pero las víctimas no pueden olvidar. No pueden mirar hacia otro lado. La memoria se transmite de padres a hijos. El mundo, Aomame, es una lucha eterna entre una memoria y otra memoria opuesta”.
Little People es una secta que recuerda al culto Aum, responsable de los ataques con gas sarín al metro de Tokyo en 1995. En un punto extraño, demasiado extraño, Tengo y Aomame, cada uno por su lado, asumirán la misión de escapar de esa secta, lo que le da a la novela, por momentos, un ritmo de thriller constantemente boicoteado por el tono un tanto alucinado del resto de la narración.
1Q84 se desenvuelve en ámbitos opresivos y sus personajes no tienen tanta conciencia política de una disidencia como sí amorosa: reunirse se volverá liberador, o al menos habrá una realidad de la que podrán estar seguros: encontrarán una conexión con el mundo -el real o el fantástico, o el que resulta de la intersección de ambos- y estarán juntos.

1Q84, libros 1 y 2.
Por Haruki Murakami
Tusquets, 2011.
744 páginas.
Precio: $138

Publicado en La Voz del Interior el sábado 26 de marzo de 2011.

Mi historia con Murakami (por Dios, cómo me repito!).

After Dark no me gustó.

Sauce ciego, mujer dormida, tampoco.

Pero Kafka en la orilla me había vuelto loco.