Ser un poco más normal

Como si las grietas entre la realidad y la percepción de la realidad fueran demasiado evidentes y al mismo tiempo misteriosas, como si una vida no pudiera resumirse en un párrafo y al mismo tiempo fuera ese resumen lo único que podemos hacer con ella. De ese modo delicadamente ambiguo avanzan los relatos de Mi vida querida, la generosa colección de cuentos con la que Alice Munro podría despedirse de la escritura según sugirió en una entrevista para The New Yorker en 2012: “Dejo de escribir a menudo, por alguna extraña noción de querer ser un poco más normal, vivir más relajada. Pero después se me vienen algunas ideas insistentes.Pero ahora creo que es real, que ya no podré escribir: tengo 81 años, me olvido algunos nombres…”.

Escribir parece en la obra de Alice Munro un modo impetuoso de enfrentar la vida. La “querida vida” según los relatos semi autobiográficos que cierran este libro y que demuestran el soberbio dominio de las técnicas que llevaron a Alice Munro a la celebridad: su capacidad de condensar el destino de una vida en una serie de momentos significativos, un resumen de cómo la vida avanza de a pequeños, sutiles cambios, de cómo la gente se aferra o se deja ir, se adapta o se rebela, de acuerdo a una mecánica que disiente de las generales de la ley, una forma más verosímil que la sorpresa trágica, de una consistencia perturbadora y simultáneamente cautivante.
Munro construye sus relatos con algunas recurrencias: casi nunca sabemos el asunto del cuento hasta que estamos un poco más allá de la mitad, y por alguna razón percibimos que, aunque lo acabamos de descubrir, el cuento nunca habló de otra cosa. Pequeñas coincidencias, giros de apariencia insólita en las biografías de los personajes, la rigurosidad de la muerte, la rigurosidad, también, de las ansiedades vitales: de un modo subterráneo todos esos elementos configuran las raíces de lo que leemos, su forma de planta perfecta e inabarcable.
Siempre da la impresión de que falta algo para describir los cuentos de Munro. Probablemente se deba a que sus marcas de autor son sutiles y muchas veces consisten en desaparecer, incluso cuando habla de sí misma. Su motivo más frecuente, que consiste en las formas particulares e indescifrables que cada persona encuentra o construye para lidiar con la ausencia -por muerte o por viaje, por decisión o por imposición, por enfermedad, pero ausencia al fin- , quizá también imponga un modo de escritura ligeramente ausente, una manera de imprimir marcas de autor más reservadas, una variedad de perfil bajo que la ubica en un punto poco frecuente del mapa literario contemporáneo, lejos de las literaturas del yo (a pesar de sus experimentos autobiográficos, ¿cómo es eso posible?). Es como si Munro lograra retener siempre algo, una serie de datos vulgares que nunca suelta y que le dan a su prosa una gracia íntima pero no chismosa, una cordialidad que la vuelve amable e irresistible. Lo curioso, entre otras cosas, es que esa retención es generosa, es lo opuesto de la avaricia, aunque suene paradójico, y quizá funciona tan bien justamente porque es paradójico.
Mi vida querida comienza con un relato acerca de la culpa maternal, un extraordinario ejemplo de tensión narrativa en torno de una anécdota de viaje que incluye una mirada divertidamente devastadora acerca de los ambientes literarios: en una cena de escritores, una mujer recuerda que en las reuniones entre colegas de su marido (que no es escritor) la gente tiene puesta la seguridad personal en otras cosas y las conversaciones son amables y más o menos divertidas. Entre escritores, o sea entre gente que tiene la seguridad personal puesta en el ego, la cosa se complica. Luego viene un relato sobre una profesora en un hospital de tuberculosos. Casi siempre el contexto es el frío canadiense y los cambios en el entramado social que produjo la Segunda Guerra Mundial. La información al respecto es escasa, funciona como un sobreentendido. Los personajes se las arreglan para resolver los problemas de la soledad y la muerte, y asisten a momentos de alteraciones imperceptibles, encadenamientos implacables de hechos que podrían haber sido de otra manera pero ocurrieron así y así sobrevienen sobre la pequeña dignidad que les pueda quedar, sobre el deseo superviviente, sobre el resguardo de una memoria familiar, sobre la ansiedad de rebeldía.
La velocidad crucero de los relatos es llamativa, hay pocas descripciones y de algún modo la acción siempre avanza como por un principio de inevitabilidad: pasan cosas porque no hay modo de que no pase nada, porque así están dadas las cosas y porque el statu quo es una ficción perversa. Luego, hay momentos de intensa aceleración marcados no por acumulación de eventos sino por remolinos de reflexión, de preguntas, de cavilaciones en torno de los efectos que tienen los actos de uno sobre la vida de los otros, o viceversa. Esa situación, también paradójica, termina de configurar otro de los aspectos extraordinarios y originales de la literatura de Munro, capaz de hacer universales el frío del ártico, los caminos rurales de Ontario y el saludo cotidiano de la persona a la que amamos.
Publicado en Ciudad X, La Voz del Interior, el jueves 4 de abril de 2013.







