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Archivo de notas y textos publicados por Emanuel Rodríguez.

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Dec 23

Paul Auster: Casa Tomada

Comentario de la última novela de Paul Auster, publicada en la revista CIUDAD X de noviembre de 2010.

La nostalgia y el escándalo ético son las plataformas de intuición de Paul Auster en Sunset Park, una novela en la que el escritor añora la fortaleza económica y sentimental de un país que se derrumba, y patea un par de puertas para que alguien preste atención al efecto devastador de la crisis sobre la intimidad y la dignidad de las personas.

Menos experimental que en sus últimos libros, Auster usa en Sunset Park muchas de sus estrategias habituales -la hiper conexión entre los destinos de los personajes, los cruces de apariencia casual, la indagación interior como forma de ocultamiento y no de revelación, la superposición entre ficción y realidad, el recurso al béisbol como mito de infancia e identidad nacional- pero en un contexto novedoso.

Los personajes de Auster son siempre marginales, pero esa marginalidad, en 14 de sus 15 novelas anteriores, había sido el resultado o bien de la voluntad y la rebeldía –la bohemia-, o bien de un infortunio doméstico o particular –el accidente o el crimen-.

Para los cuatro okupas de Sunset Park, en cambio, y de la misma manera que ocurre en Mr. Vértigo, la marginalidad es una consecuencia directa de la situación política y económica de los Estados Unidos.La novela cuenta las historias de dos hombres y dos mujeres (jóvenes los cuatro) que  ocupan ilegalmente una casa abandonada en los suburbios neoyorquinos.

Uno de ellos, Miles Heller, llega a esa casa escapando de una extorsión, pero en ese mismo acto le pone fin a otro escape: siete años antes, y después de la trágica muerte de su hermanastro, había abandonado su familia, su carrera universitaria y su ciudad sin dar ninguna explicación.

Miles además está enamorado de Pilar, una latina de 16 años a quien conoce porque ambos leen El Gran Gatsby. Es lector de Borges, además, y su hobby es tomar fotos de objetos abandonados en casas desalojadas. Cada uno de sus compañeros de insurrección municipal tiene una historia intensa de lucha a destajo contra la soledad.

Ellen es una artista en busca de un lenguaje expresivo propio, Alice trabaja en Pen, la asociación internacional que defiende los derechos de escritores perseguidos y censurados. Y Bing tiene una banda de música y un Hospital de Objetos Rotos en el que repara todo tipo de antigüedades.

Cada uno parece reproducir alguna de las obsesiones de Auster: su nostalgia, su compromiso con el progresismo político, su amor por los símbolos que se ocultan en los objetos abandonados. Los cuatro le permiten indagar en la precariedad y en la intensidad de los momentos en los que se toman decisiones vitales.

Otros tres completan la trama: el padre, la madre y la madrastra de Miles. El padre se lleva gran parte de la novela y Auster usa anécdotas reales de su propia vida y de la vida de su hija Sophie en la construcción de ese personaje, un editor independiente que lleva adelante la difícil empresa de “publicar literatura en un país donde la gente odia los libros” y que debe, al mismo tiempo, recomponer su empresa y su matrimonio.

La madre es una actriz célebre que también vuelve a NY, casualmente, para interpretar Días felices, de Samuel Beckett (guiño: Paul siempre se opuso a los críticos que lo tildaban de “beckettiano”).

Y la madrastra es una mujer que debe sobrevivir a “un marido muerto, un hijo muerto, un hijastro desaparecido, y un segundo marido infiel”. Su nombre es Willa Parks, el mismo que el de la autora de uno de los 180 relatos verídicos que Auster recopiló en Creía que mi padre Dios.En esa antología, la Willa Parks real –una oyente del programa de radio de Auster- cuenta el día en que se enteró de que su hermano había muerto en la Segunda Guerra Mundial. Esa guerra tiene una presencia especial en esta novela, porque Alice está haciendo una tesis sobre la película clásica Los mejores años de nuestra vida (1946), y a través de esa película el narrador pone al presente y a ese pasado en un laberinto de espejos.

Las observaciones sobre el contexto social y la superposición del tiempo de escritura de la novela con el tiempo en el que transcurre la acción -los años 2007 y 2008- (además de su insólita cercanía con el tiempo de publicación) le dan a Sunset Park un cierto tono de crónica periodística y de furia contra el sistema que algunas pocas veces parece entrar en conflicto con el estilo elegante y seductor del escritor neoyorquino, pero que finalmente encuentra su lugar y su gloria en la forma de los homenajes.

Más que en ninguna de sus otras novelas, el escritor norteamericano construye aquí su canon personal, su propia tradición de escritores, películas y beisbolistas. Es que justamente el cine, la literatura y el béisbol aparecen todo el tiempo como los pilares al menos emotivamente correctos del mito de la grandeza americana, tres artefactos nobles que, en tiempos difíciles y ante la transformación de los Estados Unidos en un “monstruo enfermo y destructor”, ofrecen al menos un techo, una casa en donde se puede tomar un poco de fuerza, recomponer ciertos vínculos, intentar una mínima resistencia.

  • Sunset Park, por Paul Auster, Anagrama, Buenos Aires, 2010, 288 páginas.